El aire gélido del sótano del Hotel Grand Alcázar golpeó el rostro de Emma en cuanto las puertas pesadas del ascensor de servicio se abrieron. El contraste entre la opulencia ruidosa del gran salón y la penumbra de concreto del estacionamiento subterráneo era abrumador. El eco de sus propios tacones resonaba contra las columnas numeradas, rompiendo un silencio que se sentía demasiado espeso, casi artificial.
Leonardo caminaba a su lado, con la mandíbula tensa y una rigidez en los hombros que de