El motor del imponente sedán negro se apagó con un ronroneo sutil frente a la escalinata del Hotel Grand Alcázar. A través de los cristales tintados, el mundo exterior parecía una coreografía de luces cegadoras y movimiento frenético. Decenas de reporteros se agolpaban tras las vallas de seguridad, con las cámaras listas y los micrófonos alzados como armas dispuestas a capturar cualquier indicio de escándalo.
Emma sintió que el aire se volvía espeso dentro del habitáculo. Sus dedos, helados por