41. Nada importaba mas que su hijo y su mujer.
Sarada entró a la casa arrastrando los pies, agotada. El silencio de la gran casa, ahora que su pequeño niño no estaba, la envolvía como un abrazo frío. Se dejó caer en el sofá, cerró los ojos unos instantes, pero pronto se levantó: necesitaba una ducha urgente, necesitaba despejar su mente, dejarse llevar por el agua caliente y pensar en nada. Aunque, claro, eso era imposible.
Mientras el agua recorría su cuerpo cansado, los pensamientos comenzaron a martillarla sin piedad. Recordaba las cruel