El silencio en el taller de Montmartre era tan denso que Mía podía escuchar la respiración agitada de Julián a su lado. Afuera, el eco de una sirena parisina recordaba que el mundo seguía girando, pero allí dentro, el tiempo se había detenido en 1965.
Mía se sentó en un viejo taburete, sosteniendo la fotografía de su madre, Luna, junto a Juliette.
—Ahora entiendo por qué Juliette era tan protectora con mamá —susurró Mía, con los ojos empañados—. Mi abuela perdió a su propia hija y a su esposo e