A la mañana siguiente, el sistema de seguridad se desbloqueó automáticamente.
Julián y Mía estaban abrazados, envueltos en una paz que nunca habían experimentado. Julián le besó la frente mientras ella dibujaba círculos invisibles en su pecho. Por primera vez, no importaba si alguien entraba; la estructura estaba consolidada.
En la otra habitación, Paz y Oliver estaban de espaldas, recuperando el aliento, pero sus manos estaban entrelazadas bajo las sábanas.
—Valente... —susurró Oliver, con la