El sol de la mañana se arrastraba lentamente por el suelo de la habitación de invitados, proyectando sombras largas y pálidas sobre los pedazos rotos de la puerta de caoba.
Valentina yacía perfectamente quieta. No había dormido ni un solo segundo desde la confesión de medianoche de Alejandro. Su mente era un campo de batalla caótico y ardiente de emociones encontradas. La imagen monstruosa del marido que creía conocer se había hecho añicos por completo, reemplazada por una nueva y aterradora re