La conciencia no regresó como un despertar repentino, sino como un lento y agonizante arrastre fuera de una oscuridad profunda y asfixiante.Lo primero que registró fue el olor. Era penetrante, químico y completamente carente de calidez. Era el inconfundible y punzante aroma de la lejía médica y el yodo, que le cubría la parte posterior de la garganta con un sabor metálico y amargo. Intentó tragar, pero tenía la boca tan seca como el pergamino. Una gruesa capa de algodón parecía forrarle la lengua, haciendo que hasta el más mínimo movimiento fuera prácticamente imposible.Luego vino el sonido. Era un pitido constante, rítmico y agudo que parecía perforarle directamente el cráneo. Resonaba en la cavidad hueca de su mente, marcando el compás de los dolorosos y pesados latidos de su propio corazón.Obligó a sus párpados a abrirse. El esfuerzo fue monumental, como si le hubieran colocado piedras pesadas sobre los ojos. Al instante, quedó cegada por una extensión dura e implacable de luz b
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