El aullido de la sirena de la ambulancia era un taladro que me perforaba directamente el cráneo.
La parte trasera del vehículo de emergencias era un borrón caótico y aterrador de luces blancas cegadoras y códigos médicos gritados. Dos paramédicos se movían con una velocidad frenética y desesperada sobre el cuerpo inerte de Alejandro. El reducido espacio olía fuertemente a alcohol estéril, cobre crudo y el olor penetrante a pólvora quemada.
Me arrodillé en el suelo de metal junto a la camilla. S