Cuando las lágrimas se deslizaron por mis mejillas, Analía con sus pequeñas manos las limpió con amor. Ella me dió un beso en cada uno de mis ojos y me brindó una sonrisa de comprensión.
—El destino de mi mamita se encontraba sellado y no era algo que estuviera en tus manos; ella siempre me decía que se sentía sumamente orgullosa de ti y que te agradecía todas las oportunidades que le diste. Cuando mi papito se fue de nuestras vidas, nadie en el pueblo le quería dar trabajo; si tú no te hubieras compadecido de nosotras, ten por seguro que hubiéramos muerto de hambre.
—Cariño, yo no sabía esto. Lamento que tuvieran que pasar por dificultades y me siento contenta al ver que mi partida también creó oportunidades para ustedes —acaricié las mejillas de Analía —bueno, ya dejemos de estar tristes porque los bebés se van a poner malos.
—Es cierto, supongo que van a comenzar a buscar casas dentro de poco. Deberías hablar con mi papito para que así se pongan de acuerdo; a mí, aunque no me moles