—Escucha, cariño —ella se sentó en la mesita que nos separaba y tomó mis manos—. Comprendo que tu vida no ha sido fácil en absoluto y es comprensible que lo hagas. Ahora te digo que de alguna manera Dios o el destino, en lo que sea que quieras creer, logró conspirar para que a tu vida llegue el amor de alguna manera.
—No lo sé, sinceramente no quiero creer en cosas que al final de cuentas no les pongo cuidado. El amor romántico para mí nunca ha existido; siento que no existe una persona en este mundo que me pueda amar de alguna manera.
—¿De verdad crees que Dios te dio un corazón así y no preparó a alguien con la capacidad de amarte igual de profundo, mi niña?
—¿De qué está hablando, Sor Pilar? ¿Qué clase de corazón es el que puedo tener?
—¿En serio piensas que alguien hubiera hecho lo que tú hiciste por esas niñas? No te equivoques, cariño. A otra persona realmente le hubiese importado muy poco el destino que esas pobres criaturas tuvieran, créeme cuando te lo digo. Eres una gran muje