La pulsera seguía intacta, sus piedras azules no habían sufrido daño alguno por las llamas.
Era la pulsera que su difunta madre había colocado en mi muñeca tras nuestra ceremonia de apareamiento, la reliquia familiar transmitida por generaciones de Lunas.
Única en el mundo, irremplazable.
—Jeje… —rio de repente, un sonido quebrado que hizo que Nicolás se estremeciera.
Extendió la mano y tomó esa mano quemada y negra, entrelazando sus dedos con huesos carbonizados.
—Sofía... olvidémonos de ese es