El rugido de los motores del jet privado de los Gallardo era un sonido constante, una barrera sónica que me separaba de la vida que había construido. Miraba por la ventanilla, viendo cómo las montañas de la frontera se convertían en puntos borrosos bajo la luna. Dylan estaba sentado frente a mí, observándome con una calma que me revolvía el estómago. No me había puesto esposas, no le hacían falta; su amenaza sobre la vida de Noah era la cadena más pesada que podía cargar.
—Bebé un poco de vino,