Un mes después, se liquidaron todos los fondos de la cuenta que compartíamos. Israel me transfirió mi parte y a la cantidad extra la llamó compensación.
Se la devolví.
No necesitaba su compensación. Aceptarla habría significado que el daño todavía podía medirse, pero ninguna cifra borraría los siete años que perdí. Tiempo después, María también vino a buscarme.
Estaba parada frente a mi casa, con los ojos hinchados y llorosos, sosteniendo el pastel que tanto me gustaba antes.
—Keni, de verdad sé