A la mañana siguiente, me despertó un alboroto que venía de abajo. Al otro lado de la puerta, mamá hablaba en voz baja, con una frialdad poco habitual en ella:
—No quiere verte. Vete.
Se me partió el corazón. Me puse una chaqueta y me acerqué a la ventana. Israel estaba parado abajo. Llevaba la misma camisa de ayer, toda arrugada. Alzó la mirada y, al verme, se le iluminaron los ojos, como si se aferrara a su última esperanza.
—Mi amor, baja a verme un momento.
No me moví.
Con la cabeza en alto