Estaba en la calle cuando mi celular empezó a vibrar. Era un mensaje de mi papá:
“Hija, ¿cuándo regresa Israel? Tu mamá estuvo preguntando hoy otra vez por la boda”.
Me quedé mirando esas líneas y los ojos se me llenaron de lágrimas. Por Israel, le mentí a mi familia durante demasiado tiempo. Les decía que estaba ocupado, que me amaba y que solo era una persona reservada.
Tanto lo repetí que al final casi me lo creí yo misma. Marqué el número de mi mamá. Respondió con voz suave:
—¿Cómo te fue? ¿Israel y tú ya fijaron la fecha de la boda? ¿Cuándo va a venir a la casa?
—Mamá, terminamos.
Al otro lado de la línea se hizo un silencio tan largo que pensé que me regañaría por impulsiva o me pediría que le diera otra oportunidad a Israel. Pero solo suspiró.
—¿Te lastimó?
Con solo escuchar esas palabras, toda la entereza que fingía tener estuvo a punto de derrumbarse.
—Sí.
A mi mamá también se le cortó la voz.
—Entonces regresa. Tu papá y yo podemos mantenerte.
Ya no pude contener el llanto y las lágrimas me brotaron sin control. Regresé sola a casa y terminé de empacar mis cosas. De madrugada, Israel por fin me envió un mensaje:
“Mi amor, ¿ya te dormiste?”
No le respondí.
Luego me mandó una nota de voz en tono muy bajo, como si temiera despertar a alguien:
“Acabo de terminar. Estoy agotado. Si tan solo estuvieras aquí... Quiero abrazarte”.
Me quedé mirando el chat y empecé a releer los mensajes desde el principio. Siete años de conversaciones ocupaban mucha memoria.
Hubo un tiempo en que también salía de madrugada a comprarme medicinas, iba a buscarme bajo la lluvia o recorría media ciudad si le decía que se me antojaban unas fresas.
Pero todo ese cariño del pasado ya no alcanzaba para tapar la humillación de ahora.
Entonces recordé la frase “Amar a alguien es no poder evitar presumirla ante el mundo” de su perfil.
Abrí la aplicación. Durante siete años publiqué muchas cosas sobre él, como las flores que me regaló, las películas que vimos juntos, la primera olla de avena que se le quemó y cada palabra de amor que me decía.
Pero en ninguna de esas publicaciones hubo jamás una reacción de su parte. Nunca aparecía ni respondía. Era como si aceptara en silencio que yo mantuviera un monólogo.
Fui borrando las publicaciones una por una. Al terminar, mi perfil quedó tan limpio como si él jamás hubiera pasado por mi vida. Al amanecer, cuando el cielo apenas clareaba, tomé un taxi hacia el aeropuerto.
Sentada en la última fila de la sala de embarque, me quedé mirando el cielo pálido a través de la ventana.
Siete años atrás, cuando Israel me tomó de la mano por primera vez, me dijo que era muy posesivo y que jamás me permitiría mirar a nadie más por el resto de mi vida.
Siete años después, a mí me mantuvo oculta, pero exhibió a otra chica ante todos.
Esta vez no volveré a esperarlo. Por los altavoces anunciaron el inicio del abordaje. Durante el despegue, contemplé por la ventanilla cómo la ciudad iba quedando atrás y por fin cerré los ojos.