Uno de los asistentes, un hombre corpulento con auricular visible, se acercó a Alejandro y le murmuró algo al oído. Alejandro frunció el ceño apenas un segundo, una grieta fugaz en su fachada impecable. Luego asintió y se apartó unos pasos para atender una llamada en su teléfono móvil, dándole la espalda al grupo.
Valentina lo observó desde lejos, Alejandro hablaba en tono bajo, demasiado bajo para ser casual. Su postura era rígida, los hombros tensos, la mano libre apretando el teléfono con fuerza. No miraba al frente ni al mar, clavaba la vista en el suelo, como quien evalúa consecuencias graves, como quien calcula riesgos.
Matteo también lo observaba, sus ojos estrechados con concentración.
Cuando Alejandro regresó minutos después, su sonrisa había vuelto a la perfección, pero algo en sus ojos decía más que cualquier palabra. Una sombra que no disipaba la luz siciliana.
—Todo sigue según lo previsto —anunció con voz calmada. — Solo ajustes de último momento. Nada que deba preoc