La carta seguía sobre el escritorio de caoba oscura, impecable y amenazante bajo la luz tenue de la lámpara de mesa. Nadie la había movido, nadie se atrevía, era como si aquel pedazo de papel grueso, con su elegante caligrafía y el sello de lacre rojo de la familia, hubiera contaminado el ambiente de toda la mansión.
Cada vez que alguien pasaba cerca del despacho... Las miradas se desviaban inevitablemente hacia aquel rectángulo blanco. Recordaban quién la había enviado y, sobre todo, lo que s