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El Faraón Amonhoteph estaba sentado en su trono de oro y marfil, y sus ojos cansados por los años eran como dos gemas. Pero la autoridad, la fuerza que había gobernado a Egipto por décadas, seguía allí. El visir Paser estaba de rodillas con la cabeza gacha. La vergüenza era un peso en su espalda. Había fallado a su faraón. Había fracasado en proteger a su hija. Había fallado en todo.
—Levántate, Paser —dijo el faraón—. No te he llamado aquí para que te arrodilles. Te he llamado aquí para que