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El sol se alzaba en el cielo. El grupo de Ahmose cabalgaba hacia el norte de regreso a Menfis. La victoria contra los mercenarios del sur aún resonaba en la mente de sus hombres y era una victoria que les había dado gloria. Pero Ahmose no sentía la gloria. Sentía un mal presentimiento.
—Señor, ¿qué sucede? —preguntó Nebu—. No hay enemigos en el camino.
—No lo sé, Nebu. Es solo una sensación. Una voz en mi cabeza. El silencio es demasiado profundo. El desierto no es tan silencioso.
Ahmose se