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La oficina de Rekhmire era tan fría y sombría como él mismo. Las paredes estaban cubiertas de papiros y mapas y el aire olía a tinta vieja y a ambición. Menkat entró sin llamar con su rostro pálido de rabia. Rekhmire estaba sentado en su escritorio inspeccionando un mapa del sur de Egipto que era el mismo lugar donde Ahmose había estado.
—Rekhmire —dijo Menkat—. Ahmose volverá. Y con una victoria. Los mercenarios no han sido un problema. ¡Se ha burlado de mí!
Rekhmire levantó la vista. —No s