48
Nefertari se miró en el espejo de plata bruñida. Baketamon le ajustaba el collar de lapislázuli y oro pero Nefertari apenas lo sentía. Se había puesto su túnica más vibrante, una seda escarlata traída de Fenicia que resaltaba el color de sus ojos. Era una máscara. Una máscara de felicidad que se había puesto para enfrentar a su captor, el príncipe Menkat.
—Mi señora, se ve hermosa —murmuró Baketamon.
—Es un disfraz —dijo Nefertari. —Un disfraz que me he puesto para mi guerra personal.
—¿Está