Capitulo 119

El calor de la mañana se aferraba a los callejones de Menfis. El mercado, que en otros tiempos bullía con el clamor alegre de los mercaderes y el regateo de las amas de casa, ahora era un nido de susurros y miradas furtivas. Los puestos seguían allí, los colores brillantes de las telas, el aroma a especias y el dulzor de los dátiles, pero el espíritu había cambiado. Una zozobra fría se aferraba a cada corazón.

En el puesto de cerámicas, un artesano colocó un ánfora con un cuidado. Una mujer con un cesto vacío en el brazo se acercó, preocupada.

—¿Has oído las noticias? —preguntó la mujer—. Dicen que los soldados de Imhotep… que los matan a todos. Que no hay prisioneros.

El artesano gruñó. —Bah. Tonterías. Mi primo, el que sirve en la guardia del Faraón, me dijo que el Comandante Ahmose los tiene acorralados como ratas. Que no pasa un día sin que Nakht pierda hombres.

—Pero también dicen —replicó l
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