Mundo de ficçãoIniciar sessãoEl palacio de Nefertari, una vez un refugio de seda y perfumes, había mutado en un hervidero de actividad tensa. El aire ya no olía a jazmín, sino a hierbas medicinales, a lino crudo y al incierto aroma del miedo que se aferraba a los corazones de los sirvientes. Los gritos lejanos del campo de batalla, amortiguados por las murallas de Menfis, no llegaban directamente, pero igual manera se sentía en el aire.
Nefertari se movía entre el caos, su figura esbelta contrastaba con la robustez de los fardos y las camillas improvisadas. No había un solo momento de descanso. El deber que antes había sentido como una cadena de oro ahora se revelaba como una armadura. La separación de Ahmose, la incertidumbre de su destino en la guerra que se libraba más allá de las murallas, era una punzada constante en su pecho, pero la convirtió en el motor de su compasión. En el gran salón, transformado en un improvisado centro de acopio, las doncellas y algunos sirvientes






