Capitulo 113

El sol aún no se atrevía a asomarse por el horizonte, pero en los aposentos de Nefertari y Ahmose la luz tenue de una lámpara de aceite iluminaba tenuemente los aposentos. El aire no olía a incienso ni a los perfumes habituales, sino a metal pulido, a cuero curtido y a la cruda certeza de la partida.

Ahmose estaba casi listo. Su coraza de cuero, más ligera de lo habitual para el campo de batalla, ceñía su torso robusto. Sus sandalias militares, ya atadas, esperaban en el suelo. Se ajustó el brazalete de guerra en el antebrazo, el metal estaba frío contra su piel. Cada movimiento era preciso, la rutina de un guerrero que se preparaba para la contienda, pero sus ojos, al detenerse un instante en la figura de Nefertari, revelaban una vulnerabilidad, un temor que no se permitía mostrar a sus hombres.

Nefertari se encontraba de pie junto al balcón, su figura esbelta envuelta en una túnica sencilla de lino blanco. Sus manos se aferraban al frío mármol de
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