El amanecer llegó cargado de un silencio extraño. No era la calma suave de un día cualquiera, sino un mutismo tenso, como si el mundo mismo contuviera el aliento ante lo inevitable.
La lluvia de la noche había limpiado los tejados de Luminaria, dejando la piedra húmeda, reluciente, como si la ciudad se hubiera vestido de armadura. El faro aún palpitaba con su fulgor blanco, extendiendo su luz como una bendición sobre los guerreros que se preparaban para la marcha.
Amara