—Vamos, no es tan difícil. Solo tienes que entrar y... ya verás qué hacer después—se animó a sí misma, con voz vacilante. La verdad era que había llegado hasta allí por un arrebato de valentía, sin tener ningún plan en mente. Solo quería verle, hablar con él, explicarle lo que sentía.
Respiró hondo, encajó la llave en la cerradura y luego... se echó hacia atrás de nuevo, mordiéndose el labio.
¡Qué horror! Había sido ella la que le había pedido a su prometido un tiempo, un espacio, y sin embargo