Evan se sentía como si le hubieran golpeado la cabeza con un martillo. La gripe le había dejado sin fuerzas y apenas podía abrir los ojos. Se los frotó con las manos temblorosas, intentando aliviar el dolor.
A través de la ventana, vio cómo la nieve caía con furia, cubriendo el paisaje de blanco. El viento aullaba y hacía crujir las ramas de los árboles. Era un día de tormenta, y Evan se preguntó si Abbey estaría bien.
—No seas imprudente, Abbey —susurró con voz ronca, recordando las últimas pa