Evan sintió que el corazón se le paraba al oír esas palabras que lo destrozaban. Su mente se quedó en blanco, incapaz de procesar la realidad. El agotamiento le pesaba como una losa, ralentizando sus reflejos.
Vio a su prometida alejarse corriendo, como una sombra fugaz que se desvanecía entre los árboles. Quiso seguirla, pero sus piernas no le respondían.
—¿Qué?—balbuceó al fin—. ¡Abbey, no te vayas! ¡Yo…!
De repente, el mundo se iluminó con un resplandor cegador, que le quemó los ojos como si