Estoy decidida, así que subo mis brazos y me aferro a su espalda. Es ahí en donde empieza mi preocupación.
Gime de dolor y yo me aparto al instante. —¿Te hicieron mucho daño?
Evan levanta de nuevo mis brazos y hace que lo rodee. —No dejes de abrazarme.
Aprieto los labios y asiento, él se inclina de nuevo y hace maravillas en mi oreja. El gemido que salió de mi boca no lo pude detener y hasta me dió vergüenza.
Me muerde el lóbulo de la oreja y lo lame. Una oleada indescriptible me recorre la es