Mundo ficciónIniciar sesión—Sí, señora. La encontré en el Sector 4 —respondió Nikolai, intentando mantener la cortesía—. Ya está fuera de peligro, solo tiene contusiones y...
—¡Ay, qué muchacho tan bueno, tan educado, tan robusto! —interrumpió la abuela a la velocidad de una ráfaga de metralleta—. Hoy en día los hombres jóvenes solo saben usar crema en la cara y mirar el teléfono. Mírate a ti, ¡un hombre de verdad! Ay, mira cómo me tiemblan las manos con el susto...
Antes de que Nikolai pudiera reaccionar, la abuela comenzó a meterle una carpeta llena de papeles en las manos mientras el abogado abría documentos a toda prisa sobre la barra.
—Toma, mijo, firma aquí, aquí y aquí. Son las formas del hospital, ya sabes cómo es la burocracia de hoy en día, que si el consentimiento de ingreso, que si el pago del depósito, que si la responsabilidad del chofer de la ambulancia improvisada... Por cierto, ¿sabías que mi nieta hace un kimchi excelente? Bueno, ahora no puede cocinar porque está golpeada, pero es una buena muchacha, trabajadora, un poco terca, pero le vendría bien un esposo fuerte como tú, no como los imbéciles de sus primos que solo sirven para gastar dinero en autos importados...
—Señora, disculpe, yo solo... —intentó decir Nikolai, sintiendo que la cabeza le daba vueltas. Llevaba más de veinticuatro horas sin dormir, venía de coordinar un embarque clandestino de la mafia y la anciana no paraba de hablar a mil palabras por minuto mientras le ponía un bolígrafo en la mano.
—¡Firma ahí, mijo, firma ahí abajo donde está la marca roja que el doctor nos va a regañar si no entregamos el papeleo rápido! ¡Ay, ojalá fueras el esposo de mi nieta, qué tranquilo dormiría yo! Pero bueno, firma rápido para que me traigan un té de jengibre.
Nikolai, mareado por el cansancio y queriendo salir desesperadamente de la charla ininterrumpida de la anciana para volver a sus asuntos, estampó su firma en tres hojas distintas sin leer una sola línea.
—Listo, señora. Todo firmado. Si me disculpa...
—¡Gracias, mijo! ¡Que Dios te bendiga esos brazos fuertes! —dijo la abuela guardando los papeles con una agilidad sospechosa en el maletín del abogado, quien ni siquiera pestañeo.
Dos días después.
En la oficina privada de la terminal de logística nocturna, el sol de la tarde filtraba sus rayos a través de las persianas. Nikolai estaba sentado tras un escritorio de caoba maciza, vestido con un traje a la medida que costaba más que la casa de un trabajador promedio. La faceta de "chofer humilde" había quedado pausada momentáneamente mientras revisaba los informes financieros del grupo del cual era, en estricto secreto, el socio mayoritario.
Un golpe en la puerta interrumpió su lectura. Su asistente personal entró y le tendió un sobre amarillo con sello oficial del Gobierno de Busan.
—Señor Kang... esto llegó esta mañana a su apartado postal personal.
Nikolai frunció el ceño. Abrió el sobre y extrajo el documento. El papel tenía una textura fina, bordes dorados y el escudo del registro civil.
CERTIFICADO OFICIAL DE MATRIMONIO Cónyuge A: Nikolai Petrov / Kang Min-seok Cónyuge B: Yoon Chae-yeong
El silencio en la oficina se volvió denso. Nikolai se quedó completamente paralizado, contemplando los nombres impresos en tinta negra.
El recuerdo de esa noche en el hospital golpeó su memoria como un balde de agua helada: la anciana hablando de kimchi, el cansancio, la cháchara interminable sobre los primos, la frase "ojalá fueras el esposo de mi nieta..." y las tres copias del documento que había firmado en automático entre los formularios de ingreso médico.
—No puede ser... —murmuró Nikolai en un hilo de voz, con los ojos abiertos de par en par por el shock—. ¡La anciana hablaba en serio!
El temido socio mayoritario, el hombre que controlaba rutas marítimas clandestinas y mantenía a raya a las familias más peligrosas del submundo, había sido embaucado por una abuela con un vaso de café y un exceso de amabilidad.
Aún procesando el desastre en el que se había metido por no leer lo que firmaba, Nikolai se dirigió de inmediato a la sede central de la Corporación Yoon para encarar a la matriarca y deshacer la estupidez legal antes de que su identidad secreta fuera comprometida.
Sin embargo, al cruzar las puertas de cristal del deslumbrante vestíbulo principal, se encontró con una escena de caos absoluto.
En el centro del recibidor, rodeada por empleados que murmuraban y guardias de seguridad incómodos, estaba Chae-yeong. Llevaba un brazo en cabestrillo, la mejilla aún marcada por un hematoma leve y el rostro pálido, apoyándose firmemente en el bastón de su abuela.
Frente a ella, bloqueándole el paso hacia los ascensores ejecutivos, estaba Han Seung-hyun acompañado por su madre y dos directivos de la familia materna.
—¡Entiéndelo de una vez, Chae-yeong! —gritaba Seung-hyun para que todo el vestíbulo lo escuchara—. ¡No estás en condiciones físicas ni mentales para asumir la presidencia! La junta decidió que tu estado es demasiado inestable. ¡No puedes entrar a la reunión! ¡Una lisiada golpeada no puede dar la cara por la empresa!
—Tengo el derecho legal de estar en esa junta —respondió Chae-yeong con la mandíbula apretada, aguantando el dolor físico y la humillación pública—. Mi padre dejó...
—¡Tu padre está muerto! —interrumpió la madre de Seung-hyun con desprecio—. Y tú no tienes a nadie que te respalde. Eres una mujer sola y rota. Seguridad, saquen a mi sobrina de aquí antes de que llame a la prensa.







