El Contrato de Matrimonio con el Magnate
El Contrato de Matrimonio con el Magnate
Por: Valerius black
Capitulo 1

El olor a salitre, humedad y metal oxidado impregnaba el aire de la Zona B del puerto de Busan. Yoon Chae-yeong respiraba con dificultad, sintiendo el sabor metálico de la sangre en su boca. Tenía la espalda apoyada contra un contenedor de carga frío, acorralada en un punto ciego donde las cámaras de seguridad misteriosamente habían dejado de funcionar media hora atrás.

Frente a ella, iluminado apenas por la luz tenue de un farol distante, su primo Han Seung-hyun ajustaba con parsimonia los puños de su saco de diseñador.

—Chae-yeong, prima querida, de verdad me duele verte así —dijo Seung-hyun con una sonrisa narcisista que no le llegaba a los ojos—. Pero entiéndelo: la junta directiva de la corporación no puede estar en manos de una mujer emocional. Mucho menos cuando estás... digamos, "médicamente incapacitada" para ejercer el cargo.

—Fuiste tú... —susurró Chae-yeong, intentando ponerse en pie, pero un dolor agudo en el costado la hizo hincarse de nuevo sobre el asfalto sucio—. La familia de mi madre... ustedes mataron a mi padre.

—Tu padre era un hueso duro de roer, igual que tú. No entendía cómo funciona el verdadero negocio —Seung-hyun hizo un gesto sutil a los dos matones que lo flanqueaban—. Déjenla lo suficientemente mal para que pase los próximos seis meses en una cama de hospital. Cuando despierte, las acciones de la terminal ya habrán cambiado de dueño.

Los dos hombres avanzaron. Chae-yeong apretó los puños contra el suelo frío, negándose a suplicar. Si este era su fin, los miraría fijamente a los ojos.

Entonces, la tierra tembló.

Un estruendo gutural, el rugido diésel de un motor pesado de dieciocho ruedas, retumbó entre los pasillos de contenedores. En un milisegundo, dos faros de luz blanca y cegadora cortaron la oscuridad, bañando de lleno la escena. El silbido ensordecedor de los frenos de aire hizo eco en las paredes de chapa.

—¡¿Qué demonios?! —exclamó Seung-hyun, cubriéndose los ojos con el brazo.

El camión no se detuvo hasta quedar a escasos metros. Los guardias contratados entraron en pánico inmediato.

—¡Jefe, es un convoy de logística nocturna! Si la seguridad de la terminal principal viene detrás de ellos, nos van a identificar —dijo uno de los matones con la voz quebrada por el miedo.

—¡Maldita sea! —maldijo Seung-hyun, mirando a Chae-yeong tirada en el suelo y luego al camión masivo—. Vámonos. Ya no puede hacer nada esta noche. ¡Muévanse!

Los tres hombres se desvanecieron en la penumbra como ratas asustadas.

El motor del camión finalmente se apagó, dejando solo el chasquido del metal caliente enfriándose en la noche. La puerta del conductor se abrió con un sonido pesado.

Nikolai bajó de la cabina. Vestía unos jeans oscuros, una chaqueta de cuero desgastada y botas de trabajo, pero la forma en que se movía delataba algo diferente: la postura erguida y la mirada calculadora de alguien acostumbrado a dar órdenes en la sombra. Él solo estaba allí para supervisar personalmente un cargamento confidencial que requería discreción absoluta; jamás esperó encontrar un ajuste de cuentas en medio de su ruta.

Avanzó entre la niebla nocturna hasta que sus pasos se detuvieron justo frente a la figura tendida en el asfalto.

Chae-yeong, con la visión borrosa por el dolor, solo alcanzó a ver la silueta imponente de un hombre alto, de hombros anchos y aura peligrosa. Él se agachó a su altura. Cuando las luces auxiliares le dieron de lleno en el rostro a la chica, Nikolai se petrificó por una fracción de segundo. La reconoció al instante: Yoon Chae-yeong, la prodigio de la logística corporativa... y la nieta de la matriarca que controlaba la reputación del puerto.

—Vaya forma de terminar el turno —murmuró Nikolai en un coreano fluido con una ligera cadencia casi imperceptible.

Chae-yeong, usando la poca fuerza que le quedaba, le sujetó la manga de la chaqueta de cuero. La rabia en sus ojos sofocó el dolor de sus heridas.

—Cásate... conmigo... —articuló ella con voz rasposa pero firme—. Te daré el control de este puerto... Solo ayúdame a destruirlos.

Antes de que Nikolai pudiera responder a semejante locura, la mano de Chae-yeong cedió y la joven cayó inconsciente sobre el regazo del supuesto chofer.

Nikolai suspiró, pasándose una mano por el cabello.

—Lo que me faltaba. Una heredera moribunda con delirios de venganza.

Tres horas después, en el área de emergencias del Hospital Universitario de Busan, las luces de neón parpadeaban con un zumbido molesto. Nikolai estaba de pie junto a la barra del pasillo, sosteniendo un vaso de plástico con café pésimo, esperando que los médicos terminaran de revisar a la chica.

—¡Ay, Dios mío! ¡Mi muchachita!

Una voz firme pero teatral resonó en el pasillo. La anciana Park Kang-ja, la abuela paterna de Chae-yeong, avanzaba a pasos agigantados. Pese a sus más de setenta años, la mujer irradiaba la autoridad implacable de quien levantó un imperio desde la nada, vistiendo un hanbok elegante pero funcional.

Detrás de ella venía un hombre de traje oscuro cargando un maletín: su abogado de absoluta confianza.

—¿Usted es el muchacho que la trajo en ese camión gigante? —preguntó la abuela, deteniéndose frente a Nikolai y midiéndolo de arriba abajo con una mirada clínica. Vio la estatura, la espalda ancha, el rostro de rasgos marcados y la postura invulnerable. Un tipo duro, fuerte, con pinta de peligroso, pensó la anciana para sus adentros. Justo el escudo que necesita mi nieta para frenar a las hienas de su familia materna.

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