Capitulo 10

Chae-yeong se petrificó, escondiendo el teléfono tras su espalda. Nikolai, por su parte, se mantuvo firme, mirando fijamente a su subordinado directo.

Do-jin abrió la boca para gritar pidiendo a la seguridad armada, pero cuando sus ojos enfocaron el rostro del "intruso" bajo la tenue luz de la oficina, las palabras se le congelaron en la garganta.

Frente a él, vestido con jeans gastados y una chaqueta de cuero de chofer, estaba su jefe. El mismísimo Kang Min-seok. El socio mayoritario. El hombre más poderoso y temido de la logística del puerto.

—Señor... —balbuceó Do-jin, dando un paso atrás con los ojos abiertos de par en par, perdiendo toda la postura ejecutiva—. ¿Señor Kang? ¿Qué... qué está haciendo usted...?

Nikolai avanzó un paso rápido, cortándole la distancia a Do-jin antes de que el hombre hablara de más frente a Chae-yeong.

—Escúchame bien, oficial —dijo Nikolai con una voz helada que hizo vibrar las paredes de la oficina, mirando a Do-jin con una intensidad que prometía el despido inmediato si cometía un error—. Somos de la patrulla de inspección nocturna de la Corporación Yoon. Encontramos irregularidades en los sellos del contenedor K-890 y estamos haciendo una verificación de emergencia. ¿Hay algún problema con que cumplamos nuestro trabajo?

Do-jin miró a Nikolai. Luego miró a la joven herida que estaba detrás de él. Y finalmente volvió a mirar a su jefe, cuyo rostro transmitía un mensaje clarísimo: «Si revelas quién soy frente a esta mujer, te colgaré de una grúa del muelle».

El director de operaciones tragó saliva con dificultad, sudando frío a pesar del aire acondicionado.

—No... no hay ningún problema —articuló Do-jin con la voz temblorosa, haciendo una inclinación de cabeza casi servil—. Discúlpenme. Continúen con su... inspección. No he visto nada.

Do-jin dio media vuelta a paso apresurado, salió de la oficina y cerró la puerta de golpe, dejando a Chae-yeong completamente atónita en el centro de la sala.

—¿Qué... qué acaba de pasar? —preguntó Chae-yeong, mirando la puerta con incredulidad—. Ese era Kim Do-jin... el director ejecutivo de la firma Kang. Es uno de los hombres más poderosos del puerto. ¿Por qué se puso tan pálido y se fue sin llamar a la seguridad?

Nikolai se pasó la mano por la nuca, soltando un pesado suspiro de alivio interno.

—Te dije que este uniforme de chofer impone respeto —mintió Nikolai, tomándola del brazo sano para sacarla de allí—. Vámonos antes de que el tipo recupere el valor y cambie de opinión.

Mientras caminaban a toda prisa hacia el todoterreno oculto en las sombras, Chae-yeong miraba de reojo el perfil de Nikolai. Tenía las fotos, tenía las pruebas para la junta del viernes, pero en su mente la duda empezaba a crecer como una bola de nieve: ¿quién era realmente el hombre con el que su abuela la había casado?

El camino de regreso a la mansión de Haeundae transcurrió en un silencio tenso, roto únicamente por el murmullo constante del motor del todoterreno y el azote de la lluvia fina contra el parabrisas.

Chae-yeong mantenía la mirada fija en la pantalla de su teléfono. Las fotografías de las guías de embarque falsificadas eran nítidas: los sellos de la Corporación Yoon estaban impresos sobre el código de barras asignado a la empresa fachada de Han Seung-hyun. Era la prueba definitiva de malversación de fondos y fraude aduanero internacional. Con esos archivos, la junta directiva del viernes se convertiría en la ejecución pública de su primo.

Sin embargo, a pesar de tener la victoria al alcance de la mano, la mente de Chae-yeong no dejaba de dar vueltas alrededor del incidente en la oficina del muelle cuatro.

Giró levemente el rostro para observar a Nikolai. El hombre conducía con una sola mano sobre el volante, con la mirada perdida en la carretera oscura y los músculos de la mandíbula apretados.

—Kim Do-jin no es un simple supervisor —dijo Chae-yeong rompiendo el silencio, con voz calmada pero incisiva—. Es el director ejecutivo de operaciones del consorcio Kang. Un hombre que responde únicamente ante el socio mayoritario y que maneja presupuestos de miles de millones de wones. Y cuando te vio... no llamó a la policía. Parecía aterrorizado.

Nikolai ni siquiera pestañeó. Había pasado los últimos veinte minutos calculando exactamente cómo tapar la metida de pata de su mano derecha.

—El señor Kim es un hombre de números y protocolos, señorita Yoon —respondió Nikolai con tono monocorde, manteniendo los ojos en la vía—. Entró a esa oficina esperando encontrar ladrones de poca monta o vagabundos. En lugar de eso, se topó con un chofer veterano de su propia red de transporte y con la heredera de la familia Yoon. Lo último que necesita el consorcio Kang es un escándalo mediático en sus muelles privados por detener a la presidenta de su empresa socia.

—¿Y por eso se fue sin hacer una sola pregunta? —insistió ella, ladeando la cabeza—. La forma en que te miró... no era la mirada de un ejecutivo a un chofer de camión. Era la mirada de alguien que estaba recibiendo una orden implícita.

Nikolai detuvo el vehículo frente a un semáforo en rojo. Se giró despacio hacia ella, apoyando el brazo sobre el respaldo del asiento del copiloto. La luz roja del semáforo tiñó el interior del auto con un matiz penumbroso y peligroso.

—En este puerto, la gente que quiere conservar su empleo aprende a no hacer preguntas cuando ve cosas que no entiende —dijo Nikolai con voz rasposa, mirándola fijamente a los ojos—. Usted quería sus pruebas contra Seung-hyun y ya las tiene. Le sugiero que no busque fantasmas donde solo hay un ejecutivo cuidando su pellejo.

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