El ambiente estaba impregnado de humedad, de ese olor penetrante a medicina mezclado con el aroma limpio de las mantas recién lavadas. Las cortinas, apenas corridas, dejaban pasar una luz tenue, casi dorada, que se filtraba desde la calle iluminando las partículas de polvo que flotaban en el aire. Era un silencio espeso, cargado de tensión, pero también atravesado por algo que Catalina jamás podría comprender: un hilo invisible de unión, un vínculo genuino de familia.
Ana Lucía, sentada al bord