48 horas la habían pasado, para Nelly la clínica se había vuelto su casa en esos dos días, su presión seguía subiendo y su obstetra no la dejaba ir hasta asegurarse que estuviera bien.
La penumbra de la habitación apenas era interrumpida por la luz tenue de los monitores que marcaban los signos vitales. Un pitido constante, pausado, servía como único testigo del frágil hilo que mantenía a Alan en este mundo. El reloj sobre la pared emitía un leve tic tac, como si el tiempo hubiera sido puesto e