La habitación estaba en penumbra, suavemente iluminada por una lámpara cálida en la esquina derecha. La luz era tenue, como si respetara el sufrimiento que había impregnado cada rincón. El sonido pausado del monitor cardíaco se entrelazaba con el leve zumbido del aire acondicionado, componiendo una sinfonía melancólica. Fuera, la noche abrazaba al mundo con un silencio espeso, un silencio que parecía contener el aliento del universo mismo, como si incluso las estrellas observaran con cautela.
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