La luz del amanecer se filtraba entre las cortinas gruesas de lino, tiñendo de azul pálido y dorado las paredes de la habitación. El aire olía a piel tibia, a sábanas revueltas, a un perfume dulce que aún flotaba en el ambiente como el eco de la noche pasada. Una brisa suave entraba por la rendija de una ventana entreabierta, acariciando los rostros dormidos que compartían la misma almohada.
Adrián abrió los ojos lentamente. Su cuerpo desnudo se sentía aún tibio bajo el edredón, pero su mente y