El murmullo del salón volvió a envolver a Nelly como una suave manta perfumada en cuanto cruzó la puerta del tocador. Las luces ámbares del techo colgaban como estrellas atrapadas, y la música del cuarteto, ahora con una pieza ligera de Mozart, flotaba entre las conversaciones, los brindis y el entrechocar sutil de la cubertería de plata sobre porcelana.
Caminó con paso firme, cada tacón golpeando la alfombra con la cadencia medida de quien sabe que todo el mundo la está mirando. Porque sí, la