La música aún flotaba en el aire cuando Nelly y Adrián regresaron a su mesa, aún sonrientes, envueltos en esa burbuja íntima que los aislaba de los comentarios, los chismes y las miradas venenosas. Alan les ofreció una copa con una sonrisa burlona.
—Vaya, si siguen así, más de una se va a desmayar.
—Y no precisamente de amor —añadió Nelly con una sonrisa, tomando asiento y alisando su vestido con elegancia.
Pero mientras los Cisneros reían con naturalidad, en la mesa cercana, el veneno comenzab