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Capítulo 16 — La verdad que nunca dijo

Elara siempre había creído que el momento más difícil sería cuando Lucien descubriera la existencia de Leo y Lia.

Durante cinco años había imaginado ese instante.

Había imaginado su furia.

Sus preguntas.

Sus acusaciones.

Había imaginado a Lucien entrando en su vida nuevamente como un huracán, destruyendo todo lo que ella había construido con tanto esfuerzo.

Pero nunca imaginó esto.

Nunca imaginó verlo sentado frente a ella, en silencio, con una expresión que no era de enojo.

Era dolor.

Y eso era mucho más difícil de enfrentar.

Porque Elara sabía cómo luchar contra la ira.

Sabía cómo defenderse de las palabras duras.

Sabía cómo levantar muros cuando alguien intentaba herirla.

Pero no sabía qué hacer con un hombre que parecía arrepentido.

Con un hombre que por primera vez no intentaba ganar.

Solo intentaba entender.


La mañana siguiente llegó demasiado rápido.

Elara apenas había dormido unas horas.

Cuando abrió los ojos, lo primero que vio fue la pequeña luz del amanecer entrando por la ventana.

Durante unos segundos permaneció quieta.

Esperando que todo hubiera sido una pesadilla.

Esperando despertar y volver a Londres.

Volver a su rutina.

Volver a una vida donde Lucien Ravaryn pertenecía únicamente al pasado.

Pero entonces escuchó una pequeña voz.

—Mamá.

Elara giró la cabeza.

Leo estaba parado junto a la puerta.

Su cabello estaba desordenado.

Tenía la expresión seria que siempre hacía cuando estaba pensando demasiado.

La misma expresión de Lucien.

Y esa semejanza seguía siendo algo que le dolía.

—¿Qué pasa, cariño?

Leo caminó hasta la cama.

—¿Ese hombre va a volver?

Elara se quedó inmóvil.

No necesitó preguntar a quién se refería.

—¿Por qué preguntas eso?

Leo se encogió de hombros.

—Porque cuando alguien se va y vuelve, normalmente significa que algo quedó pendiente.

La respuesta la dejó sin palabras.

A veces olvidaba que Leo tenía solo cuatro años.

Su forma de observar el mundo era demasiado madura.

Demasiado analítica.

—Algunas personas vuelven porque necesitan hablar.

—¿Y él necesita hablar contigo?

Elara bajó la mirada.

—Sí.

Leo guardó silencio.

Después preguntó:

—¿Te hizo daño?

El corazón de Elara se apretó.

Porque esa era la pregunta que nunca quiso escuchar.

No porque no tuviera respuesta.

Sino porque no sabía cuál era la correcta.

Lucien la había herido.

Pero también había sido la persona que más había amado.

—Las personas pueden cometer errores.

Leo frunció ligeramente el ceño.

—Eso no responde.

Una pequeña sonrisa triste apareció en el rostro de Elara.

—Tienes razón.

El niño se sentó a su lado.

—Entonces dime la verdad.

Elara lo miró.

Cinco años.

Ese era el tiempo que había protegido ese secreto.

Pero ahora entendía algo.

Los niños no necesitaban conocer todos los detalles.

Pero sí necesitaban sentir que podían confiar en ella.

—Hay cosas que todavía estoy intentando entender.

Leo aceptó la respuesta.

Pero no apartó la mirada.

—¿Él es importante?

Elara sintió que esa pregunta era más difícil que todas las demás.

Porque la respuesta era sí.

Siempre lo había sido.

—Sí.

Leo asintió lentamente.

—Lo sabía.


En Ravaryn Global, Lucien no había dormido.

La información encontrada por Daniel había cambiado completamente la forma en que veía el pasado.

Durante años había pensado que la historia era sencilla.

Elara había sido sospechosa.

La confianza se había roto.

El divorcio había sido la consecuencia.

Pero ahora cada pieza parecía tener otra explicación.

Alguien había intervenido.

Alguien había manipulado la información.

Alguien había querido que ellos se separaran.

Y esa persona había tenido éxito.

Demasiado éxito.

—Daniel.

Su asistente levantó la mirada.

—Sí, señor.

—Quiero toda la información sobre Seraphina Voss.

Daniel dudó.

—¿Toda?

Lucien lo miró.

—Toda.

—Eso incluye información personal.

—Lo sé.

Daniel asintió.

—Comenzaré inmediatamente.

Cuando Daniel salió, Lucien volvió a mirar la fotografía que tenía sobre el escritorio.

Leo y Lia.

Dos niños que habían existido durante cinco años sin que él supiera nada.

Cinco años.

Era demasiado tiempo.

Un padre no debería perder cinco años.

Pero él lo había hecho.

Aunque todavía no tenía una confirmación oficial, algo dentro de él ya sabía la respuesta.

Leo era suyo.

La forma en que levantaba la ceja.

La forma en que analizaba todo.

La forma en que observaba antes de hablar.

Era imposible no verlo.

Pero Lucien también sabía algo más.

No podía aparecer de repente y exigir un lugar.

No después de haber estado ausente toda la vida de esos niños.

Él había cometido un error una vez.

No iba a cometer otro.


Esa tarde, Lucien fue al apartamento de Elara.

Pero esta vez no entró.

Esperó abajo.

Cuando Elara recibió la llamada del guardia del edificio, pensó que algo había ocurrido.

Hasta que escuchó su nombre.

Lucien.

Por un momento dudó.

Después bajó.

Lo encontró afuera.

Sin escoltas.

Sin traje de reunión.

Sin la actitud del CEO de Ravaryn Global.

Solo él.

—¿Qué haces aquí?

Lucien levantó la mirada.

—Quería hablar contigo.

Elara cruzó los brazos.

—Pensé que ya habíamos hablado.

—No sobre esto.

Ella permaneció en silencio.

Lucien respiró profundamente.

—No voy a pedirte que me perdones.

Eso llamó su atención.

—¿No?

—No tengo derecho.

Elara no esperaba esa respuesta.

Lucien continuó:

—Cinco años atrás pensé que perderte era una consecuencia de tus decisiones.

Bajó la mirada.

—Ahora entiendo que también fueron consecuencia de las mías.

Elara sintió una pequeña presión en el pecho.

Porque esa era la frase que había esperado escuchar durante años.

Pero ahora que finalmente llegaba...

No sabía qué hacer con ella.

—Lucien...

—No quiero justificarme.

La interrumpió suavemente.

—Solo quiero que sepas algo.

Ella esperó.

—Si Leo y Lia son mis hijos...

Elara contuvo la respiración.

—No voy a aparecer para reclamar derechos.

La miró directamente.

—Voy a ganarme el derecho de estar en sus vidas.

El silencio entre ambos fue largo.

Porque esa era la diferencia.

El antiguo Lucien habría dicho:

"Son mis hijos."

El nuevo Lucien decía:

"Quiero ganarme un lugar."

Y esa diferencia era peligrosa.

Porque empezaba a derrumbar las defensas de Elara.


Esa noche, algo inesperado ocurrió.

Lia bajó al salón mientras Elara y Lucien hablaban.

La niña se quedó mirando al hombre.

Después sonrió.

—Eres el señor guapo.

Elara cerró los ojos.

—Lia.

Lucien casi sonrió.

—Creo que ese es mi nuevo título.

La niña se acercó.

—¿Por qué vienes tanto?

Elara se tensó.

Pero Lucien respondió antes.

—Porque necesito hablar con tu mamá.

Lia inclinó la cabeza.

—¿Eres su amigo?

Elara y Lucien se miraron.

Una pregunta inocente.

Pero complicada.

—Fuimos muchas cosas —respondió Lucien.

Elara sintió un golpe en el pecho.

Porque era cierto.

Fueron compañeros.

Amantes.

Esposos.

Extraños.

Y ahora no sabían qué eran.

Lia pensó unos segundos.

—Entonces puedes ser amigo otra vez.

La sencillez de la respuesta hizo que ambos quedaran en silencio.

Porque los niños no cargaban con el orgullo de los adultos.

No entendían de traiciones.

No entendían de heridas antiguas.

Solo entendían emociones.


Más tarde, cuando los niños volvieron a dormir, Elara encontró a Lucien mirando una fotografía familiar sobre la mesa.

No era una fotografía reciente.

Era una imagen de Leo y Lia cuando eran bebés.

Lucien no la tocaba.

Solo la miraba.

—¿Cuándo fue tomada?

La pregunta era baja.

—Tenían tres meses.

Lucien tragó lentamente.

—Eran tan pequeños.

Elara no respondió.

—¿Quién estaba contigo?

La pregunta no tenía celos.

Solo tristeza.

—Yo.

Lucien cerró los ojos.

Una respuesta sencilla.

Pero dolorosa.

Porque significaba que ella había vivido todo aquello sola.

—Lo siento.

Elara miró hacia otro lado.

—No digas eso cada cinco minutos.

—¿Por qué?

—Porque no puedes arreglar cinco años con disculpas.

Lucien asintió.

—Lo sé.

Una pausa.

—Pero puedo pasar los próximos años demostrando que lo siento.

Elara lo miró.

Y por primera vez no vio al hombre que había perdido.

Vio al hombre que estaba intentando volver.


Cuando Lucien se fue esa noche, Elara permaneció junto a la ventana.

Lo observó alejarse.

Y se dio cuenta de algo que la asustó.

Durante cinco años había tenido miedo de que Lucien regresara.

Pero ahora tenía un miedo diferente.

Que regresara...

Y que una parte de ella quisiera dejarlo quedarse.

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