La noche caía pesadamente sobre la ciudad, envolviendo todo en una atmósfera densa y sofocante. La mansión de los Alarcón, normalmente tan imponente y segura, se sentía extrañamente vulnerable. Afuera, un equipo de mercenarios había detenido a Samuel, esposándolo mientras lo escoltaban hacia el vehículo que lo llevaría lejos.
Aitana los observaba desde una de las ventanas del segundo piso. Su corazón, normalmente frío y calculador, latía con fuerza, no por miedo, sino por la tensión del momento