Adrián Montenegro estaba en su oficina, una sala lujosa pero oscura, adornada con antigüedades y pinturas de siglos pasados, como un reflejo de la tradición y el poder que representaba. Pero a pesar del entorno que inspiraba autoridad, por primera vez en años, se sentía vulnerable. Algo escapaba de su control, y eso lo inquietaba profundamente.
Apoyado en el borde de su escritorio de roble, su mirada oscura se fijaba en la pantalla del televisor. El noticiero reproducía una y otra vez las imáge