La tensión en las oficinas del Grupo Alarcón era palpable. El ambiente estaba cargado de nerviosismo, y los empleados apenas podían concentrarse en sus tareas cotidianas. Los medios estaban fuera de control, con cámaras apuntando a la entrada del edificio y periodistas desesperados por obtener alguna declaración. Las acciones de la empresa seguían cayendo en picada, y las teorías conspirativas alimentaban un fuego que parecía imposible de apagar.
Aitana estaba sentada en su oficina, con los cod