Aitana llevaba días sumida en un estado de alerta constante. Las imágenes y los mensajes de la Sombra habían cesado repentinamente, lo que la hacía sentir una mezcla de alivio y desconfianza. El silencio de su enemigo la perturbaba más que cualquier amenaza directa. Sabía que los ataques no habían terminado, pero algo dentro de ella comenzaba a sospechar que la Sombra no tenía a su hijo. La cuestión era: ¿cómo podía confirmarlo sin exponerse?
Sentada en su oficina, Aitana repasaba cada detalle