El gran salón del hotel Grand Royal resplandecía bajo una lluvia de luces doradas que colgaban del techo en forma de cascadas. Cada rincón destilaba opulencia: columnas forradas en terciopelo borgoña, alfombras gruesas como nubes, mesas altas decoradas con centros de orquídeas blancas y copas de cristal tan fino que brillaban como diamantes al menor roce de luz.
Era la gala benéfica del año, organizada por el poderoso empresario Arturo de la Vega, un magnate respetado en todo el país. Asistir n