La tienda seguía rebosante de luz, con maniquíes vestidos como reinas y asistentes corriendo de un lado a otro, probando los vestidos de las damas de honor.
En un rincón, Elena Montenegro se erguía como un general al mando, revisando detalles del ajuar mientras Greta y Amalia cuchicheaban con sonrisas envenenadas.
El murmullo elegante se quebró cuando las puertas se abrieron y Dylan Montenegro entró, imponente en su traje oscuro. Su sola presencia bastó para que varias asistentes se enderezar