Y de repente, me di cuenta de que ya no tenía la misma ropa que antes y lo miré.
—Espera, ¿Cómo es que tengo otra ropa? —parpadeé.
—No pensarás que iba a dejarte estar toda manchada de vómito, ¿verdad? —carraspeó, poniendo los ojos en blanco.
—¿Te atreviste a cambiarme? ¡Me desnudaste! —grité.
—Ni que estuvieras tan buena—se burló—he visto mejores cuerpos vírgenes que el tuyo.
Eché un vistazo a mi nueva vestimenta y casi me ahogué al gritar. Ya no tenía el mismo sostén tampoco.
—¡Lo lamentarás!