Por un lado, le agradecí al cielo que mi cara no cayera en el sitio de mis extremidades, pero por otro, quería morirme ahí mismo. Era tan grande el shock por parte de ambos, que nos quedamos tendidos en el suelo, sin movernos.
Mis manos pasaron rozando ahí y terminaron por situarse en el suelo. Mi rostro en su pecho sudoroso por el ejercicio, y su nariz cerca de mi cuello; pero para rematar la situación vergonzosa, mis piernas a cada lado de su cintura, como si lo hubiese montado a propósito.