El restaurante no se anunciaba.
No había letrero. No había fachada de vidrio. Solo una puerta de madera estrecha entre una librería cerrada y una clínica dental con las luces ya apagadas. Podías pasar dos veces frente a él y no darte cuenta de que estaba allí.
Chris lo prefería así.
Llegó temprano. No por costumbre—por nervios. No caminó de un lado a otro, pero permaneció más tiempo del necesario cerca de la entrada, acomodando los puños de su camisa, revisando su reflejo en la ventana oscura.