El reloj en la pared había dejado de significar algo.
Chris lo había mirado tantas veces que los números se desdibujaban, deslizándose sin que lograra registrarlos. Los minutos se estiraban. Se doblaban. Se enroscaban sobre sí mismos. El pasillo olía a antiséptico, café quemado y miedo—un miedo antiguo, del tipo que nunca abandona los hospitales, por más limpios que intenten parecer.
Se puso de pie cuando las puertas dobles finalmente se abrieron.
No del todo. Solo lo suficiente para que el pri