Mia había olvidado lo que se sentía al cocinar para personas en quienes confiaba.
La cocina era demasiado pequeña para tres adultos, especialmente tres adultos que acababan de desmantelar el imperio de un hombre antes del almuerzo, pero ninguno parecía dispuesto a irse. Las ventanas estaban apenas abiertas a pesar del frío, dejando entrar una fina corriente de aire nocturno cargada con el distante murmullo del tráfico. El ajo chisporroteaba en la sartén. El aceite de oliva saltaba sobre la estu